23
Ago
2016
0

Eros y Psique

La obra de Apuleyo “El asno de oro” fue escrita a finales del siglo I d.C., durante una época de gran crisis social, cultural y económica en las provincias del Imperio Romano, resultado precisamente de estas olas y contraolas de la romanización.

El autor, nace en una de dichas provincias del norte de África, en la ciudad de Madaura. Consolida su educación a lo largo de un recorrido formativo que empieza en Grecia, sigue en Roma y termina en Alejandría, para finalmente regresar a su ciudad natal. Cabe destacar la importancia que adquirirán los periodos transcurridos en el primero y en el último de estos tres centros de cultura de la época, por lo que supondrán en la formación de su personalidad, el conocimiento de la filosofía neoplatónica y las artes, pero sobretodo por la iniciación en la mayoría de los ritos religiosos orientales así como en todo tipo de rituales de magia.

Podemos distinguir pues entre un primer periodo de juventud marcado por la inquietud de saber, y un periodo de madurez durante el cual consigue un mayor asentamiento de los conocimientos y difunde las conclusiones a las que va llegando. El último dato que se tiene de él, es que en el año 170 d.C. escribió la obra que nos ocupa.

La obra: “Las metamorfosis” o “El asno de oro”:

La obra consta de una estructura muy particular dividida en once libros o capítulos. Se trata de una serie de cuentos hilvanados mediante diferentes recursos, que sin embargo consigue un efecto de unidad tanto de narración como argumental.

El hilo conductor que confiere unidad a la obra, lo lleva la historia de Lucio, el personaje principal. Lucio, es un joven apuesto de buena familia que va en viaje de negocios por su país, y que vivirá, durante una primera parte del libro, una serie de agradables experiencias llenas de sensualidad, rodeado de un ambiente selecto y dado a los tranquilos placeres que éste le ofrece. Sin embargo, todo dará un giro repentino debido a la afición de nuestro personaje a la magia, que le lleva a terminar convertido en asno debido a un error que comente en una de estas prácticas, mediante la cual pretendía convertirse en ave. A partir de aquí empiezan una serie de desgraciadas aventuras para el pobre Lucio, hasta que concluye la obra, con la transformación de nuestro personaje principal en hombre gracias a la ayuda de los dioses, y su conversión posterior a la vida espiritual y de entrega al culto.

Eros y Psique:

Integrada entre todas estas aventuras del citado protagonista, hallaremos la historia que nos ocupa hoy, y que da comienzo a mitad del Libro IV y finaliza casi terminado el Libro VI.

Encontramos al pobre Lucio-asno al servicio de una banda de crueles ladrones y secuestradores, que tienen en su poder a una joven de rica familia a la cual raptan en mitad de las nupcias con su amado. En su desconsuelo, la joven cuenta su desgracia a la vieja cocinera de los ladrones, y ésta conmovida por tantos lamentos, la intenta calmar contándole precisamente la historia de Eros y Psique.

Nuestra historia empieza así: “En una ciudad habían un rey y una reina que tenían tres hijas a cual más hermosa…”. Una de estas tres hijas será nuestra Psique. De hecho Psique será la más bella de las tres hermanas, pagando como veremos un alto precio por ello. Su belleza es tal, que nos dice el autor “no podría describirse ni ponderarse suficientemente con la pobreza del idioma del hombre”. Esta belleza la lleva a ser centro de la admiración de todos. Gente de todos los lugares recorrían largas distancias para acercarse a ella, y admirar a “la prueba más perfecta y acabada de la especie”. Llegará incluso a ser objeto de culto y veneración, comparándola con la mismísima Venus y provocando una disminución en el culto a ésta. Este hecho no pasará desapercibido a la diosa, que no tardará en descargar su ira contra Psique. Para llevar a cabo su venganza, Venus llama enseguida a su “alado e imprudente hijo” Cupido, dios del amor como ella misma, “que va armado de fuego y flechas, se introduce por las casas ajenas y echa a perder matrimonios, provocando impunemente deshonras sin cuento, sin aportar nada bueno”. Venus pues, le muestra a su hijo su rival en belleza, y entre lamentos y aludiendo al amor maternal, le pide que provoque en Psique el más abrasador de los amores “por el último de los hombres, aquel a quien la fortuna le haya golpeado en su dignidad, en su patrimonio y en su integridad tan humillantemente, que no se pueda encontrar en el mundo un desecho semejante”.

Tras tal petición, Venus desaparece entre las olas del océano en medio de su cortejo habitual en estos casos.

Pero no es esta la única pena que sufre nuestra protagonista. Debido a su increíble belleza, nadie se acerca a ella con otras intenciones que no sea admirarla y venerarla como si de una obra de arte se tratara. Mientras sus hermanas tienen ya marido e hijos, ella sigue doncella y sola en casa de sus padres.

Al darse cuenta de esto su padre, el rey, empieza a temer alguna implicación de los dioses en lo que le ocurre a su hija, así que decide consultar al oráculo de Apolo en Mileto. Efectivamente la respuesta que obtendrá el rey dará buena cuenta de los horrores que esperan a Psique:

Del monte en lo más alto, Rey,

con el ajuar del tálamo dispuesta

coloca a tu hija.

Mas no esperes ya de estirpe humana yerno,

sino verdugo cruel, emponzoñado y fiero,

que vuela alado por el ancho cielo

importunando a todos, y que a todos languidece

a espada y fuego.

Júpiter mismo tiembla en su presencia;

los dioses se acobardan; y temblando, los ríos

de la Estigia, y sus tinieblas,

retroceden.

Así pues, en medio de un gran desconsuelo los afligidos reyes empiezan a preparar los terribles esponsales de su hija. Tras un cortejo más fúnebre que nupcial, y unas últimas y desgarradoras palabras de la misma Psique, dejan sobre la roca señalada a la pobre muchacha muerta de miedo y llorando desconsoladamente. Cual será su sorpresa al no ver aparecer monstruo alguno, sino que Psique se siente transportada acantilado abajo por un suave viento que la deja reclinada sobre una verde pradera. Psique cae en un profundo sueño, del cual se despierta invadida por una gran sensación de bienestar, rodeada de un frondoso bosque y ante una mansión tan bella que la cree de construcción divina, quedando lejos de las posibilidades de los hombres construir algo así.

Al poco rato, nuestra joven protagonista se aventura a entrar en la mansión, siendo recibida como la dueña de la misma por unas voces que se presentan como sus doncellas y se ponen a su servicio sin más demora. Así pues, se encuentra disfrutando de los más delicados cuidados y obsequiada con los más exquisitos manjares en la que será su casa y la de su esposo, por el momento aún desconocido por ella.

Entrada ya la noche, Psique se retira a sus aposentos y comparece en la oscuridad y como un rumor apacible, el misterioso esposo que la toma como su mujer y desaparece apresuradamente antes de que amanezca. En poco tiempo, lo que fue ese primer encuentro tan misterioso se ira convirtiendo en el único contacto que mantendrá con su marido. Nunca podrá verlo aunque sí sentir su voz y el tacto de sus manos. A menudo él se le dirige en la oscuridad de la noche, intentando advertirla del peligro que corre tanto ella misma como el amor que los une. Sus hermanas tras tanto tiempo sin saber de ella, van a intentar encontrarla siendo éste el principio de los peligros que van a acechar a la pareja. En un primer momento, el esposo le pide que no las reciba pero, ante el desespero de Psique que dice sentirse en cárcel de oro, y confundido por los ardientes besos y abrazos de su esposa, finalmente cede a que su mujer se encuentre con sus hermanas y que incluso las llene de regalos de entre todas las riquezas que ella posee ahora. Así será, y el suave viento Zéfiro, el mismo que la había llevado a ella hasta su morada, le acerca a sus desconsoladas hermanas que lloraban en el acantilado donde ella fue abandonada. Lejos de ser una alegría para sus hermanas ver a Psique feliz en su nueva vida, empieza a nacer en ellas una profunda envidia. De vuelta a sus casas, no sólo no consuelan a sus padres contándoles la verdad, sino que esconden los tesoros que Psique les había regalado y empiezan a tramar un terrible plan.

Mientras, el joven esposo sigue advirtiendo a la inocente Psique del inicio de sus desgracias si no actúa con cautela. Le adelanta cómo sus hermanas la inducirán a querer saber con quien duerme cada noche, y cómo el precio de saber eso sería perderlo a él para siempre. “Ya sabes que no volverás a ver mi cara si la ves una sola vez” le advierte el misterioso esposo siempre escondido en la oscuridad. En el transcurso de la misma conversación, Psique sabrá que espera un hijo y que de su prudencia depende que éste nazca como dios o como mortal, ya que si ella sabe guardar su secreto el niño podrá nacer dios pero en caso de divulgarlo el pequeño será un mortal más. La alegría de Psique ante esta revelación durará poco tiempo. Sus malvadas hermanas, vuelven a entrar en escena, a pesar de las reticencias del esposo que termina como la vez anterior cediendo a los ruegos de su mujer.

Durante esta segunda visita, muertas de curiosidad, le preguntan de nuevo a Psique por el origen de su marido, de qué familia proviene, de qué alcurnia, cómo era, etc… Ella que no recordaba la versión que dio en la última ocasión, cae en contradicciones inventando una nueva historia sobre él. Así, las hermanas aún más intrigadas, tienen la sospecha más sólidamente forjada de que efectivamente su hermana no ha visto jamás el rostro de su marido, y que siendo así éste podría ser un dios o un semidios, y por tanto el futuro hijo de ambos también. Esto ya es del todo insoportable para ellas y en la tercera visita rematan su malvado plan. Tras pasar una noche en vela con el propósito de enrojecer sus ojos y hacerlos aparecer llorosos ante los de su hermana, se presentan de nuevo en la mansión de la feliz pareja. Esta vez con expresión de alarma, simulan ir con intención de prevenir a su hermana del peligro que se avecina. Interesándose por su bienestar, se han enterado de que en realidad está durmiendo con “una terrible serpiente de muchos y enormes nudos, con unas fauces babeantes que destilan un veneno letal”. La terminan de convencer aludiendo al oráculo que la llevó a vivir todo esto, y añaden que con todos estos cuidados que de momento le está otorgando, sólo pretende cebarla para devorarla más tarde cuando su embarazo llegue a la madurez. Tras plantearle los hechos como prueba de su amor e interés fraternal por ella, la instan a decidir entre la verdad que ellas le presentan para salvarla, o quedarse sola entre voces y acostándose con el terrible monstruo. La pobre Psique cae desecha en lágrimas ante estas palabras, olvidando las advertencias de su marido y las promesas hechas a éste, admitiendo no haberle visto jamás el rostro a ese con el que duerme cada noche. La reticencia de su marido a querer saber sobre él, da aún más peso a las sospechas que sus hermanas han infundado en su interior, y cede a seguir las indicaciones que éstas le proponen para librarse de tan terrible compañero. Así, Psique deberá preparar una lámpara de aceite cerca de su lecho, y esconder una afilada navaja en su lado de la cama, y al caer su esposo en el sueño más profundo, ella de puntillas se acercará a él y tras iluminarle el rostro, de un golpe certero deberá separar cabeza y cuerpo de la temible criatura. Ya tenemos a nuestra pobre Psique “dividida entre amores opuestos (…) sentía que en un mismo cuerpo odiaba profundamente a la fiera y amaba con la misma intensidad al marido”. No obstante, decide finalmente llevar a cabo el plan urdido por sus hermanas, y para su sorpresa al iluminar a la supuesta terrible criatura descubre el bello rostro del mismo dios Cupido. Cae al suelo de rodillas confusa y asustada por lo que había estado a punto de cometer, y en ese tiempo de contemplación, toma una flecha de su esposo, y al palparla se pincha con la suficiente intensidad como para caer profundamente enamorada de él. En esa turbación, de la lámpara que aún sostenía en sus manos, cae sobre el hombro derecho del dios una gota de aceite ardiendo. Al despertarse por el dolor y descubrir la traición de su esposa, se deshace del abrazo desesperado de ésta y huye volando mientras le retrae: “Estoy yo, cándida Psique, desobedeciendo las órdenes que mi madre Venus me había dado, de que te hiciera arder de amor por el más miserable de los hombres para unirte a él en indigno matrimonio, al preferir ser yo mismo tu amante, y sólo ahora me he dado cuenta de que he actuado a la ligera, pues siendo como soy el fogoso sagitario, me he herido con mis propias flechas haciéndote mi mujer, para que tú me tomes por un animal, e intentes cortarme con un cuchillo la cabeza, la misma que alberga los ojos que te adoran. Ya te decía que te precavieras contra estas cosas, y te lo volví a repetir constantemente con benevolencia. Esas magníficas consejeras que tienes son las que habrán de pagar con rigor las consecuencias de su maligna trama. A ti te voy a castigar solamente con mi huida”. La desesperación de Psique ante estas palabras y tras ver alejarse en el cielo a su amante, la lleva a lanzarse al río en el que será su primer intento de darse muerte, pero el mismo río la deposita con suavidad en una ribera cercana.

Fue entonces que Pan, el dios rústico sentado a orillas del río, mientras abrazaba y enseñaba la diosa Caña a entonar sus canciones y afinar sus flautas, a la vez que alimentaban las tiernas y jóvenes cabras, percibió a Psique desolada y llorosa. Comprendiendo su miserable situación, trató de apaciguarla de esta suerte: “Oh hermosa doncella, soy un rústico y rudo pastor, mas por mi edad tengo ya experiencia en varias cosas, y en la medida en que sé por conjeturas (que otros llaman adivinación), percibo que estás enamorada. Por ello hazme caso y no intentes acabar con tu vida ni te abandones al llanto, sino que en su lugar adora y rinde culto al gran dios Cupido, y reconquístalo mediante tu dulce promesa de servirlo” Ella no dio respuesta, pero se inclinó ante él como un dios y partió de allí.

Psique entonces personalmente se encargará de llevar a cabo la venganza contra sus hermanas. Se dirige en primer lugar a la ciudad de la que el marido de una de ellas era el rey y la llama a su presencia. Ante la pretendida sorpresa de esta primera hermana de verla allí, Psique le cuenta una nueva versión de lo sucedido. Le relata como, tal como le aconsejaron había iluminado el rostro de su marido, descubriendo entonces no a la serpiente de enormes fauces, sino al mismísimo hijo de la diosa Venus, y que al descubrirla él en tal criminal intento, la echa de la casa y le anuncia el deseo de casarse con su hermana, citando el nombre de la hermana presente en ese momento. Sin pensarlo dos veces, ésta se lanzará al vacío desde el ya conocido acantilado, con la entera confianza de ser recibida por el dios del amor. Muerta pues esta primera hermana, Psique se dirige a casa de su otra hermana para castigarla siguiendo el mismo proceder.

Una vez llevada a cabo su venganza, Psique empieza una interminable ruta por pueblos y ciudades buscando a Cupido.

Entre tanto, éste se ha recluido en la casa de su madre para recuperarse de sus heridas, mientras Venus sigue bajo los océanos. Será una gaviota la que acudirá a la diosa para contarle de los males de la humanidad en ausencia de su hijo y sus travesuras, o las acciones de ella misma como diosa del amor. Ya nadie se enamora, ya no hay ni pasiones, ni galanteos, ni alegría, sino sólo rudeza y grosería. Ahora bien, lo que realmente enfurecerá a Venus será saber de los motivos que han llevado a su hijo a dejar de lanzar sus flechas. Al oír de la gaviota sobre su hijo y Psique, Venus enfurece de tal manera que sale del océano y busca para empezar la colaboración de las diosas Ceres y Juno, que en un principio defenderán a Cupido, reprochando a Venus que como diosa del amor, causante de tantas pasiones, reprima ahora los amores de Amor.

En su errante búsqueda, Psique va a parar a un templo en lo alto de una montaña y se pone a ordenar según los ritos todas las ofrendas que ahí encuentra. Ceres que la ve y la reconoce, se dirige a ella advirtiéndola de la furia con la que Venus la persigue, y lejos de darle el cobijo que Psique le implora, la hace marchar del templo y dar gracias de que no la retenga para entregarla. Sigue su camino entonces, llegando a un templo de Juno, a la que también en súplicas le pide socorro como protectora de las embarazadas en apuros. También ésta se negará aludiendo a la fidelidad que le debe a Venus. Tras estos estériles pedidos de socorro, Psique decide presentarse ante Venus en tono suplicante. Esta decisión la acelerará el saber que, por boca de Mercurio y con permiso de Júpiter, Venus está ofreciendo una suculenta recompensa a quien encuentre a la fugitiva y se la lleve a ella. Así que Psique misma se dirige a las puertas de la enfurismada diosa y es recibida brusca y violentamente por Costumbre, una de las sirvientas de Venus, que la lleva ante la diosa. Ésta la increpa con cruel ironía, reniega del hijo que lleva en sus entrañas por considerarlo bastardo, y la entrega a otras dos sirvientas suyas, Tristeza y Soledad, para que ejerzan sobre ella sus tormentos. Empiezan en este momento, una serie de martirios para nuestra protagonista que consisten en enfrentarla a diferentes pruebas que serían imposibles de realizar, si no fuera por la ayuda de diferentes personajes que irán compadeciéndose de ella. En primer lugar, Venus mezcla en un mismo montón trigo, cebada, mijo, garbanzos, lentejas y habas, ordenándole a la joven que separe cada clase de semilla en diferentes montoncitos, antes de que llegue el anochecer. Para esta primera prueba, Psique va a encontrar la ayuda de las hormigas campestres, que apiadándose de ella, realizaran ellas mismas la prueba desapareciendo rápidamente de escena tras cumplir su objetivo.

Cabe recordar que Cupido sigue en la misma casa donde Psique pasa sus tormentos, es decir, en casa de su madre, que le tiene encerrado en el sótano bajo llave.

No quedando satisfecha con la consecución de esta primera prueba, Venus manda a Psique un nuevo encargo imposible. Le pide que le lleve un vellón de la lana de oro de un rebaño de ovejas que pace sin pastor cerca del río. Tal como se lo indica la diosa, Psique se dirige a dicha zona pero con intención bien distinta. En su desespero pretende tirarse de nuevo al río para quitarse la vida. En esta ocasión, será una caña del río la que la detendrá y le dará las indicaciones necesarias para conseguir la lana de oro, sin sufrir los violentos ataques que estas ovejas suelen dar a los hombres. Pero tampoco así quedará tranquila Venus, sabiendo que recibe ayuda en sus aventuras, así que la manda a llenar una vasija con las sagradas aguas de la fuente oscura, que riega luego los ríos del infierno, Estigias y Cocito. El mismo Júpiter al ver a la joven ante tal peligro, se le aparece convertido en águila y lleva a cabo la misión él mismo. Ya completamente enfurismada, Venus envía a Psique a la que será la más difícil de las pruebas hasta el momento. Le da una cajita y le pide que vaya a Proserpina a pedirle que la llene con un poco de su hermosura. El problema es que Proserpina vive en el mundo de los muertos, abajo en los infiernos. En este momento se le cae el velo a Psique que se da cuenta de que está siendo enviada a una muerte segura, y decide de nuevo quitarse la vida ella misma. Se dirige a una torre para lanzarse desde lo más alto, pero esta vez será la misma torre la que la disuada de lanzarse al vacío, y le dará todos los consejos necesarios para poder realizar su viaje de ida y vuelta a los infiernos. De entre todos los consejos que le dará, como llevar dos monedas en la boca para pagar a Caronte, el barquero que la tiene que llevar a la orilla de los muertos y de vuelta, llevar dos hogazas para distraer al perro de las tres cabezas que guarda la puerta de Proserpina, no caer en las trampas de muertos que intentaran retenerla pidiéndole ayuda, etc… la torre destaca un consejo al que no puede faltar de ninguna manera. No debe, bajo ningún concepto, abrir la cajita una vez Proserpina se la haya devuelto ya llena, por mayor que sea la curiosidad de saber sobre el secreto de la belleza divina. Así será cómo, siguiendo todos los consejos dados por la torre, nuestra Psique consigue salir airosa de tan difícil hazaña. Sin embargo, conociendo a nuestra protagonista, no nos debe extrañar que no respete el más valioso de los consejos, y pensando en aparecer más bella ante su amante, abre la cajita. Ante su asombro, en la cajita no había ni rastro de la hermosura, sino que lo que encuentra es un sueño infernal que la deja sumida en un estado de inmovilidad total.

Entretanto, Cupido que ya ha cicatrizado su herida, consigue escapar de su encierro volando a través de un tragaluz, y se dirige hasta donde está Psique para despertarla con una suave punzada de sus flechas, no sin antes reprenderla por su insaciable curiosidad. A ella le manda llevar su prueba a Venus, mientras él se dirige decidido a los cielos para pedir ayuda a Júpiter para resolver su situación. Éste escuchará el caso, y tras reprocharle las repercusiones que las incursiones de Cupido habían tenido en su propia vida, le propone ayudarle en su empeño a cambio de que como dios del amor le procure a una hermosa muchacha. Así pues, Júpiter convoca una asamblea de los dioses y presidiéndola él mismo plantea la cuestión a los asistentes en términos de poner límite a los ímpetus juveniles de Cupido con todo lo que éstos habían supuesto de adulterios y seducciones. Con tal fin, propone unirlo en matrimonio con la joven a la que él mismo ha escogido y desflorado. Así mismo, se dirige a Venus a la que tranquiliza prometiéndole disminuir las diferencias existentes entre la pareja, convirtiendo a Psique en inmortal. Mercurio siguiendo órdenes, rapta a Psique en la tierra, y una vez en los cielos Júpiter le ofrece beber ambrosía y se dirige a ella diciéndole: “ Toma Psique. Sé inmortal y que Cupido no se aparte nunca de este vínculo que lo une a ti, porque este matrimonio vuestro habrá de ser eterno”. Sin más demora se celebraron las bodas divinas, y de la pareja nació una hija a la que llamamos Voluptuosidad.

Carolina Tarrida

También te puede interesar

El Enamorado
el Camino
La doma del toro: X En el mundo
La doma del toro: IX Alcanzar la fuente
La doma del toro: VIII Ambos, el toro y mi mismidad trascienden
La doma del toro: VII Trascendiendo al toro
La doma del toro: VI Montándolo hasta casa
La doma del toro: V La doma del toro

Deja un comentario