4
Ene
2016
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Meditar sin apego

Gran parte de las fotos que hacemos en nuestros largos viajes son un intento desesperado de apropiarnos de momentos especiales, intensos, exóticos, para inmortalizarlos después en el museo de nuestros álbumes fotográficos. Poseer las cosas, controlar las relaciones, acumular experiencias nos da una sensación de seguridad aunque a la larga se demuestre falsa porque las cosas se pierden, las relaciones se rompen y las experiencias se las va comiendo el pozo oscuro del olvido.

La identidad es un conglomerado de impresiones e ideología, y nuestras posesiones son como el alfiler que engancha todo el puzle en la cartulina. Acumulamos y acumulamos hasta que ya no queda ningún rincón vacío creyendo ilusamente que ese vacío interno se puede llenar de seres o enseres.

Esa avaricia también la detectamos en la meditación donde estamos prestos a cosechar todo tipo de experiencia para certificar un estado superior, en el fondo, un orgullo espiritual bien camuflado tras una cortina de pseudofilosofía. Nos hemos apegado a la teta de la madre, al cómic del superhéroe, a la banda de rock, al libro de cabecera y al cigarrillo. Han pasado las modas, hemos cambiado de vestuario y de grupo social, de pareja y de residencia, pero el apego se ha mantenido todo el tiempo como un arnés para no caer en el vacío, para no disolverse en la nada.

Es absurdo apegarse a nuestro cojín de meditación, a nuestro ritual iniciático, a los símbolos trascendentes con los que nos rodeamos y al conocimiento adquirido. Es absurdo porque sólo son medios hábiles, nada más. En el momento de «saltar» hacia ese espacio infinito cualquier apego se convertirá en piedra en la mochila en forma de lastre.

Meditar sin apego es atravesar la cuerda floja de la confusión sin red de seguridad, sólo con nuestros pies descalzos y nuestro equilibrio.

Meditación Síntesis. Julián Peragón. Editorial Acanto

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