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19
Abr
2017
1

El número de dioses

Fragmento del Brihadâranyaka Upanishad, 3, IX, 1-10
A continuación le preguntó Vidagdha Shâkalya:
– ¿Cuántos dioses hay, Yâjñavalkya?
Y contestó así Yâjñavalkya, de acuerdo con la invocación:
– Cuantos se mencionan en la invocación del himno a todos los dioses; a saber,
que son trescientos tres y tres mil tres.
– Sí, Yâjñavalkya, pero, ¿cuántos dioses hay realmente?
– Treinta y tres.
– Sí, Yâjñavalkya, pero, ¿cuántos dioses hay realmente?
– Seis.
– Sí, Yâjñavalkya, pero, ¿cuántos dioses hay realmente?
– Dos.
– Sí, Yâjñavalkya, pero, ¿cuántos dioses hay realmente?
– Uno y medio.
– Sí, Yâjñavalkya, pero, ¿cuántos dioses hay realmente?
– Uno.
– Bien. ¿Cuáles son esos trescientos tres y tres mil tres?
– Esas son solamente sus manifestaciones.

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15
Abr
2017
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Volando voy

Un paseo por la evolución (segunda parte)

Los lunes por la mañana son maravillosos. Sobre todo durante las vacaciones. No sé por qué será pero hay algo nuevo y fresco a punto de desplegarse, como si la caja de sorpresas que es cada semana empezara a revelar sus secretos poquito a poco. Bien pensado, no deja de ser un cuento como cualquier otro, pues los días son días y el hecho de agruparlos en conjuntos de siete no deja de ser otra de las maravillosas cotidianidades que los humanos nos hemos impuesto en esta época que transitamos. Imagino el lunes como un paquete de café recién abierto, ese instante en el que cortas la puntita del sobre con las tijeras, se rompe el vacío y el aroma es tan intenso que cierras los ojos y te imaginas a Juan Valdés con su burrito trajinando esos sacos enormes a través de la espesura colombiana.

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8
Abr
2017
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El dinosaurio que comía migas de pan

Un paseo por la evolución (primera parte)
Es verano. Tiempo de descanso, de romper las rutinas del trajín diario, de dejar salir todos esos pajaritos, a veces molestos, que revolotean por la cabeza durante todo el año y que solamente ahora, en busca de una sombra fresquita, encuentran un alféizar en el que reposar las alas. En mi ventana, una paloma ajena a mi mirada se acicala y entona su canto arrullado, sin prisa, moviendo sus ojos inexpresivos (al menos para mí) buscando en la calle ese pedacito de pan que perteneció al bocadillo de un niño y que ahora decora la acera. Se agitan las ramas de los ciruelos rojos que casi entran por el balcón de la cocina y que, oh fortuna, me ofrecen la ventana indiscreta perfecta desde la que cotillear los movimientos de la vecina que sale a fumar en el balcón de enfrente. Los butaneros golpean con insistencia las bombonas como antaño, paseando su mirada por las alturas en busca de una abuelita que se asome entre sus geranios reclamando sus servicios. Los fruteros se afanan a desplegar su mercancía bajo el cobijo de los toldos y el olor acre de los contenedores de basura enmarca la escena como si de una sinfonía experimental se tratara. Debería afeitarme.

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5
Abr
2017
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Los instrumentos del destino

CUENTO INDIO

Sucedió que un hombre decidió invitar a un banquete a sus más íntimos amigos. Con tal propósito envió a su sirvienta al mercado, para que comprara leche en abundancia con la que hacer dulces para agasajar a sus huéspedes.

La criada se procuró varios litros de la mejor leche y se dirigía de vuelta a la casa, llevando el cántaro sobre la cabeza, cuando tuvo lugar un hecho lamentable.

Un milano, que acababa de cazar a una culebra, volaba por encima de la sirvienta. Como el reptil hiciese por soltarse, el ave apretó sus garras fuertemente, matando al reptil, de manera que salió veneno de éste y cayó sobre el cántaro de leche sin que la criada lo advirtiese.

Aquella noche, los invitados tomaron la leche y, al poco, todos fallecieron en medio de grandes dolores, a excepción del anfitrión que, por hallarse ocupado sirviéndoles, no la probó.

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